TODOS LOS BESOS DEL MUNDO

TODOS LOS BESOS DEL MUNDO

Editorial:
XORDICA EDITORIAL
Año de edición:
Materia
Cuentos y relatos
ISBN:
978-84-96457-77-5
Páginas:
144
Encuadernación:
Rústica
Colección:
CARRACHINAS

Todos los besos del mundo es una selección de los mejores cuentos que Félix Romeo publicó a lo largo de casi veinte años en distintos medios y que no habían sido recopilados hasta ahora.
Estos relatos contienen las obsesiones y pasiones que Félix Romeo manifestó en sus libros y trazan su evolución como escritor. Además, la forma breve del relato le permitió mostrar una intimidad especial, doméstica y extraña, aparentemente cotidiana, y, al mismo tiempo, reflejo de la complejidad del mundo.
Hay historias familiares, algunas basadas en su memoria personal, relatos sobre las relaciones de pareja y su imposible equilibrio, y otros que reflejan su amor por las ciudades, los libros y la vida.
Los cuentos de Félix Romeo nos hieren y nos sanan como si fueran a la vez veneno y antídoto. Con su indescriptible melancolía, sus historias de personajes que buscan la felicidad nos acompañarán siempre.

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el 01.11.2012 Por

Fragmento seleccionado:

LA NOVIA DEL VIENTO
El camarero trae una bandeja llena de cerezas. Picotas rojas y dulces. Juan habla del viaje que acaba de hacer a Buenos Aires. Ana asiente, nos enseña las fotografías que hizo con su teléfono móvil y sonríe.
Cuando muerdo la última cereza, llega un chispazo a mi cabeza y me cruza los ojos: un grupo de poetas de provincia decide viajar a Madrid para conocer a Vicente Aleixandre. No hay ningún poeta español de posguerra sin su fotografía junto a Vicente Aleixandre. El relato contará la preparación del viaje a la casa de Velintonia. Una historia disparatada, gamberra, fondeando la España de los años cincuenta. [...]
Quizá, pienso cuando apuro el café, podría ser una película, dirigida por José Luis García Sánchez y escrita por Rafael Azcona, que fue poeta de provincia en Logroño y que en Madrid vivió la última bohemia.
—¿A que se cena bien? —pregunta Juan.
—Muy bien —respondemos Beatriz y yo como movidos por un resorte.
Ana asiente y sonríe.
En la calle hace calor. Cae una ligera lluvia. Nos besamos, nos despedimos. Juan y Ana se quedan en la acera hasta que llega nuestro taxi.
Cuando estamos dentro, pulso el botón para bajar mi ventanilla.
—Esto no va bien —dice Beatriz.
—¿No va bien qué?
—Tú, yo, las cosas, todo, no sé. —dice Beatriz, y luego le dice al taxista—: Me gustaría fumar un cigarillo, ¿le molesta que fume?
No puedo, aunque lo intento, abandonar a mis poetas, que preparan el viaje a casa de Vicente Aleixandre.
—¿Me estás escuchando? —pregunta Beatriz, mientras el humo del cigarrillo invade todo el coche.
—Te escucho, te escucho, pero no sé lo que quieres decir. No tengo ni idea de lo que me estás diciendo y por qué precisamente me lo estás diciendo ahora. No, no lo entiendo.
—Pues es fácil. Se acabó.
—¿Se acabó qué? ¿Qué se acabó? Estábamos cenando con Juan y Ana, todo iba bien, me parece. Creía que iba bien —digo mecánicamente, mientras me llega la imagen de uno de los poetas: trabaja en una ferretería. Lo veo hablando por un enorme teléfono negro en la trastienda de una ferretería. [...]
—¿Ni siquiera cuando te digo que nuestra relación está enferma eres capaz de hablar en serio? ¿Cómo puedes ser tan frívolo, tan idiota? —dice Beatriz.
El taxista nos mira por el espejo retrovisor.
—Ya está, se acabó. Si lo has decidido, ¿qué hay que hablar? Adiós. Me bajo del taxi y me voy a un hotel. ¿Quieres que me vaya a un hotel?
Es increíble, estoy acabando con una historia de amor de más de ocho años, diciendo palabras que no había pensado que tendría que pronunciar, y mi cabeza está ocupada por un poeta que le dice a su amigo, en un café polvoriento, que se ha enterado de que Vicente Aleixandre es homosexual.


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Por Recomendación de Librerías Picasso el 01/11/2012

Fragmento seleccionado:

LA NOVIA DEL VIENTO
El camarero trae una bandeja llena de cerezas. Picotas rojas y dulces. Juan habla del viaje que acaba de hacer a Buenos Aires. Ana asiente, nos enseña las fotografías que hizo con su teléfono móvil y sonríe.
Cuando muerdo la última cereza, llega un chispazo a mi cabeza y me cruza los ojos: un grupo de poetas de provincia decide viajar a Madrid para conocer a Vicente Aleixandre. No hay ningún poeta español de posguerra sin su fotografía junto a Vicente Aleixandre. El relato contará la preparación del viaje a la casa de Velintonia. Una historia disparatada, gamberra, fondeando la España de los años cincuenta. [...]
Quizá, pienso cuando apuro el café, podría ser una película, dirigida por José Luis García Sánchez y escrita por Rafael Azcona, que fue poeta de provincia en Logroño y que en Madrid vivió la última bohemia.
—¿A que se cena bien? —pregunta Juan.
—Muy bien —respondemos Beatriz y yo como movidos por un resorte.
Ana asiente y sonríe.
En la calle hace calor. Cae una ligera lluvia. Nos besamos, nos despedimos. Juan y Ana se quedan en la acera hasta que llega nuestro taxi.
Cuando estamos dentro, pulso el botón para bajar mi ventanilla.
—Esto no va bien —dice Beatriz.
—¿No va bien qué?
—Tú, yo, las cosas, todo, no sé. —dice Beatriz, y luego le dice al taxista—: Me gustaría fumar un cigarillo, ¿le molesta que fume?
No puedo, aunque lo intento, abandonar a mis poetas, que preparan el viaje a casa de Vicente Aleixandre.
—¿Me estás escuchando? —pregunta Beatriz, mientras el humo del cigarrillo invade todo el coche.
—Te escucho, te escucho, pero no sé lo que quieres decir. No tengo ni idea de lo que me estás diciendo y por qué precisamente me lo estás diciendo ahora. No, no lo entiendo.
—Pues es fácil. Se acabó.
—¿Se acabó qué? ¿Qué se acabó? Estábamos cenando con Juan y Ana, todo iba bien, me parece. Creía que iba bien —digo mecánicamente, mientras me llega la imagen de uno de los poetas: trabaja en una ferretería. Lo veo hablando por un enorme teléfono negro en la trastienda de una ferretería. [...]
—¿Ni siquiera cuando te digo que nuestra relación está enferma eres capaz de hablar en serio? ¿Cómo puedes ser tan frívolo, tan idiota? —dice Beatriz.
El taxista nos mira por el espejo retrovisor.
—Ya está, se acabó. Si lo has decidido, ¿qué hay que hablar? Adiós. Me bajo del taxi y me voy a un hotel. ¿Quieres que me vaya a un hotel?
Es increíble, estoy acabando con una historia de amor de más de ocho años, diciendo palabras que no había pensado que tendría que pronunciar, y mi cabeza está ocupada por un poeta que le dice a su amigo, en un café polvoriento, que se ha enterado de que Vicente Aleixandre es homosexual.


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